LAS DOS TUMBAS MAS BELLAS

Las dos tumbas más bellas

Este edificio es de sobra conocido:

TAJ MAJAL 1

Este otro, en cambio, es mucho menos célebre:

TAJ 2

Ambos comparten la misma finalidad: servir como mausoleo de una persona.  Los dos fueron construidos en época del Imperio Mogol, que gobernó Afganistán, Pakistán y el norte de la India entre los siglos XVI y XIX.

El más famoso de los dos, el Taj Mahal, es el monumento alzado  a mediados del siglo XVII en la ciudad de Agra por el emperador Shabuddin Mohammed Shah Jahan en honor de su esposa Mumtaz Mahal, la favorita entre las cuatro que tuvo (hasta el punto, dicen los cronistas, de perder todo el interés por las tres anteriores). La mujer, descendiente de la nobleza persa, falleció en el parto de su decimocuarto hijo. Desconsolado por su pérdida, Shah Jahan mandó alzar un edificio que requirió 20 años de obras y el concurso de 20.000 operarios.

El otro se erigió a finales del siglo XVI en Delhi, y tiene una historia análoga, aunque en este caso los papeles están cambiados. Fue Bega Begum, la esposa principal del emperador Humayun, segundo del Imperio Mogol, la que mandó construirlo tras la muerte de éste, producida al caer accidentalmente de una escalera en su biblioteca. Hecho de arenisca roja y mármol, el concepto que lo inspira (una tumba en un jardín, de forma perfectamente simétrica) serviría de inspiración para su mucho más celebrado homólogo de Agra.

Merece la pena, si uno pasa por Delhi, sacar el tiempo necesario para ver ambos edificios. El Taj Mahal, a 170 kilómetros de la capital, requiere una excursión que queda justificada en el preciso instante en que se traspone la puerta del recinto y se lo divisa, fantasmagórico y casi irreal al fondo del jardín.

El mausoleo de Humayun, con menos presión de visitantes, aventaja al de Agra no sólo por su antigüedad, sino también por la tamizada luz de su interior. Lo que en el Taj Mahal es oscuridad, tras sus muros macizos, en el mausoleo de Humayun se convierte en una caprichosa danza del sol a través de sus celosías.

En ambos mausoleos acabaron reposando quienes los encargaron. Shah Jahan fue enterrado a la izquierda a su esposa, rompiendo con ello la perfecta simetría del edificio. No está permitido fotografiar en el interior, por lo que no puedo poner la imagen. En cuanto a Bega Begum, yace en una de las salas laterales del mausoleo de Humayun junto a otras esposas del emperador. La sala, dicho sea de paso, es de una belleza sobrecogedora. Y ésta sí puedo mostrarla:

¿Cuál es la utilidad de estos edificios suntuosos? ¿No es un alarde injustificable destinar tantos recursos a la tumba de una sola persona? Al Taj Mahal y a la tumba de Humayun los salva su belleza, apreciable desde todos los ángulos.

Pero aparte de eso, y según me explica respecto del Taj Mahal el guía que me acompaña en Agra, el mausoleo es de largo la inversión más rentable de su ciudad. El turismo que atrae (no sólo internacional, también indio) da de comer, me asegura, al treinta por ciento de la población de una urbe donde se amontonan cuatro millones y medio de personas. El cálculo quizá sea exagerado, pero son sin duda muchos los que en Agra tienen sustento gracias a la tumba de Mumtaz Mahal.

Quizá ese precedente es el que anima a algunos, en fechas más recientes, a proponer edificios ingentes que supuestamente tendrán un poder de irradiación y atracción semejantes. Sin embargo, cuesta encontrar alguno que tenga el atractivo inapelable de estas dos tumbas, las más bellas del mundo, que pueden ser impresionantes en sus proporciones, pero también de una delicadeza y una elegancia exquisitas. Por no hablar de su solidez. Cuatro siglos después de ser levantadas ahí siguen, deslumbrando al visitante.

Otros edificios más modernos, como es bien sabido, empiezan a caerse a trozos mucho antes, y meten a su arquitecto en pleitos permanentes. Es la diferencia entre el genio y la improvisación, entre el virtuosismo y el alarde, entre querer hacerse notar y desaparecer tras la propia creación. Por eso me voy a permitir recordar a los dos hombres, ambos persas, a quienes se deben estas dos maravillas.

Mirak Mirza Ghiyas, oriundo de Herat (la ciudad afgana donde a fecha de hoy siguen las tropas españolas), que diseñó la tumba de Humayun.

Ustad Ahmad Lahauri, oriundo de Badajshán (hoy la provincia más oriental de Afganistán, fronteriza con China), y que, según los estudios más recientes, fue el arquitecto principal del Taj Mahal.

Nadie conoce sus nombres hoy, pero quien se sitúa ante sus edificios se rinde a su talento. No es mala lección de humildad, para esas estrellas arquitectónicas efímeras de nuestros días, cuyas creaciones habrá que ver, dentro de cuatro siglos, qué aprecio reciben.

 

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